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Historia de La Rinconada del Río

Invadida por distintas culturas, asimilando algunas características pero transmutándolas y trocándolas en perfiles peculiares, originales y renovados. Hay así un estilo hispalense en el contexto y penetración de los pueblos invasores, una fusión “sui generis” de razas y costumbres, de la que han sobrevivido muchos rasgos y tendencias; un prebalecimiento de determinados valores bernáculos sobre los exóticos.

Una transmutación, por así decirlo, de estos últimos en una idiosincrasia personal.

Desde los Tartessos, los fenicios, los griegos, los púnicos y los romanos. Esta civilización está abezada asimilada a su ser, sin que su más remota esencia se extinga; pues bien, es esta supervivencia de lo esencial, valoramos la eternidad y personalidad de esta raza.

Sevilla y su comarca suenan ya en el mundo prerromano; cómo confirmar los testimonios y elogios de Estrabon que encomian su grandeza, y de Plinio que la nombra colonia romulense. Por su parte Ptolomeo la denominó “metrópolis” y Ausonio la antepone en grandeza.

Pero es en la época del esplendor de Roma, cuando se extiende en su mayor grado de prestigio y renombre.

No fue nuestra Bética una provincia cualquiera, sino que conquistada por César mereció el título de “Julia Romulea”, cual fuera un mantel de flor y de luz.

Pero de las sexologías históricas las menos conocidas son las árabes, las que convienen para dar debidamente, porque ha sido durante siglos “Jxbilia”, esto es, una urbe verdaderamente deliciosa sobre la gloria musulmana.

Dibn Add al Munim Al himyan, uno de los más prestigiosos geógrafos islámicos, elogia a nuestra demarcación con fértil suelo, siempre verdeante, pues apenas si la tierra está expuesta al sol de tantos olivos como sobre ella entrelazan sus ramas ahogadas en un mar de adelfas.

De esta urbe maravillosa dice por su parte el cronista Ajbar Machua que es una tempestad de flores salpicándote el rostro.

Con los árabes y orientales vinieron a la península fugitivos, gran número de campesinos, muchos egipcios y otros habitantes del Megueb; los cuales, tales campesionos reciben el nombre de “fellahs” y que por venir exiliados se llamaron en árabe “Mencus”, de donde se deriva la palabra flamenco. Es pues en ese momento, cuando tiene entrada en Andalucía esa modalidad musical de origen norteafricano que conocemos hoy como “cante flamenco” o “cante jondo”. Y que superpone a los ritmos primitivos españoles, puramente Tartessos y turdetanos, que todavía se conservan a través del dominio romano y visigodo.

Entre las doxologías árabes-hispalenses se cuenta el elogio del Jbn Gajar; el cejiro dice: "rasgó la túnica del río Guadalquivir y al volar sobre el se desbordó por sus márgenes para perseguirle y tomar venganza. Pero los pájaros se rieron del río burlándose al abrigo de la espesura, y el riego avergonzado torno a meterse en su cauce y a ocultarse en su velo".

Hablando de Guadalquivir añade que supera a todos los demás, este río cuyas riberas están orladas de quintas de jardines y de viñedos y álamos que se suceden sin interrupción, con continuidad asombrosa.

Es tan placentera urbe en la que fructificaron las granadas de Bagdag, la cidra del Yemen, y los melocotones de Egipto, el albaricoque de Damasco, las habas y altramuces de Babilonia, las acelgas del Líbano y en la que la palmera cambió el paisaje de los campos y jardines, hubo de conmover en extremo el corazón de su rey Taifa Almutamid, a quien tanto agradaban la blancura y el aroma de los jazmines.

Cuando el tirano almorávide vencedor le envió al exilio en las lejanas tierras del Zahara, cerca de Marrakech, donde se ha hallado recientemente su tumba; el famolo Regulo, esposo a su vez de la poetisa Romaikya, a quién se atribuye el poema "la brisa convierte al río en cota de malla".

Se despedió de Sevilla y su comarca con trágico acento de dolor; "yo era, decía, émulo de la lluvia bienhechora, señor de la generosidad y protector de los hombres. Pero ahora estoy en poder de la cautividad y la miseria".

En los momentos amargos de la partida se le antojó, en el momento fulminado, una rosa abierta en medio de una florida llanura de consentida nostalgia. La muchedumbre se apiñaba en los márgenes del río, las mujeres destocadas se mesaban el rostro ... cuántos gritos y cuántas lágrimas en el momento de la despedida; "¿quién nos queda si te vas? El alcázar de la generosidad queda por siempre desierto".

Análogos acentos de dolor resuman las odas de Abul-Beka. Cuando los árabes perdieron por la conquista cristiana la ciudad del Betis. ¿Dónde está, exclamaba con las zagalas que campeaban por sus ejidos, el clero río de aguas tan mansas y cristalinas? Al modo que el amante llora la ausencia de su dulce amada.

Más la época en la que se cifra la razón de su inmortalidad en la historia es la de la conquista cristiana por el rey Fernando III de Castilla.

Este monarca que la iglesia ha elevado a los altares y su preclaro hijo, Alfonso X el sabio, cumbre del saber de su época, colocaron, con el Guadalquivir por collar, y le alzaron ésplendor ecuménico preparándola para el momento de su gran hegemonía en el Siglo de Oro.

En el año del señor de 1248, Fernando III El Santo puso sitio a este lugar de privilegiada orografía, el reciente conquistador.

El Guadalquivir de ensueño, pacífico y cristalino era canal de mecidas para la supervivencia de la economía de la época. Era nvegable hasta su nacimiento y sus riveras un hervidero de vida.

En el paleolítico ya existía y este río que iba a dar la mar que es el morir, lo hacía por la planicie abierta, ya que los Alcores de Ilipa lo frenaban juntándose con la marisma, en los collados de San Juan y Mairena con el lago Lagostino, en el pasado remoto y difuminado en la noche de los tiempos.

En los temporales se formaban grandes lagunas que el tórribo verano deseaba sin piedad. En las primaveras cautivas y consentidas la floresta salpicaba caprichosamente sobre los rabiones de agua en un nacimiento perpetuo y consentido.

848 años vivieron estos asentamientos en nuestra península y hasta hoy nos llega su legado en costumbres e ideologías arabescas: donde hoy se asienta este bello edificio: Los Jardines del Rey Fernando III.

Este es un breve bosquejo recogido minuciosamente de verdaderas fuentes originales de la época musulmana; que popularon nuestra Rinconada del Río, que un día Fernando III el Santo le pusiera sitio.

 

Escudo

 

Tartessos

 

 

 

Árabe

 

 

 

Río Guadalquivir

 

 

 

Rey Fernando III El Santo

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